3.6.18

Resuelven el rompecabezas de la pequeña momia del antiguo Egipto: no era un ave, era humana


miguel.jorge@gizmodo.com
Cuando la pequeña momia se descubrió, los investigadores dieron por hecho que aquella pieza de hace 2.100 años del antiguo Egipto contenía los restos de un ave. Una teoría con mucho sentido si tenemos en cuenta las decoraciones con temática de halcón y el tamaño de la momia. Resulta que no, que era humana.
Al parecer, la momia llevaba tiempo almacenada en el Museo Maidstone en Kent, Inglaterra, y figuraba en el inventario como EA 493 Halcón momificado, período ptolemaico. Además, el marco funerario era del tamaño perfecto para un ave de estas características, con la cabeza de un halcón pintado en dorado y jeroglíficos que hacían referencias a Horus, el dios del cielo con cabeza de halcón de los antiguos egipcios.
No sólo eso. La momificación de animales era una práctica muy común en el antiguo Egipto, por lo que la momia no se destacó como algo particularmente especial o inusual. De hecho, ni siquiera se le hizo una tomografía computarizada.
Pasaron los años hasta que el museo pensó que podría incluir algunas momias de animales de su colección para ser escaneadas como lo hacían con las humanas. La primera sorpresa: unos brazos cruzados sobre el cofre revelaban que no era un halcón, sin embargo, el escaneo no fue muy detallado, y los expertos del museo pensaron que podría haber sido un mono.
Posteriormente, el antropólogo Andrew Nelson organizó un equipo para analizar exhaustivamente la momia. Ahora sí, el grupo descubrió que los huesos pertenecían a un feto masculino, de entre las semanas 22 y 28 de gestación, con anormalidades espinales severas y un defecto congénito muy raro que impedía que el cerebro y el cráneo se desarrollaran adecuadamente.Según Nelson:
Sobre la base del escaneo de mayor resolución de una momia fetal que se haya hecho, hemos podido determinar que este individuo era anencefálico. Hubiera sido un nacimiento ya muerto, no hubiera vivido hasta el nacimiento. Toda la parte superior de su cráneo no está formada. Los arcos de las vértebras de su columna vertebral no se han cerrado. Sus orejas están en la parte posterior de su cabeza.
 Las exploraciones revelaron que los dedos de las manos y los pies estaban bien formados, pero la deformación del cráneo era tan grave que el cerebro prácticamente no habría existido. Además, detectaron que tenía un paladar hendido y un labio leporino. Tras el hallazgo, los investigadores creen que la forma en que se conservaron los restos significa que su familia lo consideraba especial. Según Nelson:
Hubiera sido un momento trágico para la familia perder a su bebé y dar a luz a un feto de aspecto muy extraño, no un feto de aspecto normal en absoluto. La respuesta de la familia fue momificarlo, lo cual era muy raro. En el antiguo Egipto, los fetos solían ser enterrados en macetas, debajo de los pisos de las casas, de varias maneras. Se sabe que solo se han momificado alrededor de seis u ocho, por lo que este es uno muy especial.
 El equipo cree que el feto puede insinuar que la dieta de la madre era baja en alimentos que proporcionan ácido fólico, una vitamina que desempeña un papel importante en el desarrollo del tubo neural. Su consumo se ha relacionado con un menor riesgo de anencefalia.
¿Y por qué la momia estaba decorada con imágenes de aves?Desafortunadamente, su investigación no ha conseguido averiguar cuál fue el motivo que les llevó al error inicial.

1.3.18

Los últimos secretos de la momia de Nespamedu, el médico del faraón


http://www.abc.es/cultura/abci-investigacion-historia-secreta-momias-201802220830_video.html
Jesús García Calero@caleroje

Cuentan que el 26 de noviembre de 1922, Howard Carter, después de introducir por primera vez la cabeza por un hueco que se había abierto en la puerta de la tumba de Tutankamón -y a medida que sus ojos se acostumbraban a la oscuridad-, comenzó a ver brillos dorados, cabezas de dioses chacales, una balumba de tesoros intactos que nadie había tocado en miles de años. Y mientras Lord Carnavon le preguntaba en la entrada de la tumba muy impaciente: «¿qué ve?», Carter respondió: «Cosas maravillosas». Aquella escena cambiaría para siempre la egiptología.
Ahora, en Madrid, los egiptólogos han podido mirar de nuevo donde nadie había puesto antes sus ojos. Y también han podido descubrir «cosas maravillosas».
Dos mil años después de muerto, una noche de junio de 2016, Nespamedu llegó a la puerta de urgencias de la clínica Quirónsalud de Madrid. Unos pocos testigos vimos cómo le llevaban, con sumo cuidado, envuelto en las vendas con las que había sido enterrado. Llegó junto a otras tres momias y los especialistas les llevaban con tanto cuidado que iban en contenedores especiales con ambiente controlado, en aquella medianoche de primavera, elegida también porque la meteorología era perfecta, ni muy húmeda ni muy cálida.
La escena se aprecia en un documental de RTVE que fue presentado ayer y que muestra cómo fue la salida del museo en un camión de transporte especializado. En pantalla, el personal del MAN relata cómo vivió el traslado, con mucha emoción, porque era un momento histórico y porque todos intuían la inmensa cantidad de información que saldría de aquel proyecto.
En el documental, vemos pasar el vehículo por delante de la Puerta de Alcalá y cómo, cargado con las momias, cruza muy lentamente por Cibeles y la Gran Vía, a esas horas de aquel domingo sin apenas tráfico. Y luego la salida de la capital en dirección al hospital. Fue un traslado tranquilo, una escapada perfecta para aquellos pasajeros tan singulares. Hasta urgencias.
En el documental, vemos pasar el vehículo por delante de la Puerta de Alcalá y cómo, cargado con las momias, cruza muy lentamente por Cibeles y la Gran Vía, a esas horas de aquel domingo sin apenas tráfico. Y luego la salida de la capital en dirección al hospital. Fue un traslado tranquilo, una escapada perfecta para aquellos pasajeros tan singulares. Hasta urgencias.
La escena tenía muchos contrastes: la momia de Nespamedu, quien fuera médico de un faraón -además de sacerdote del dios Imhotep- acudía desde el Museo Arqueológico Nacional (MAN) a un hospital en pleno siglo XXI a hacerse un TAC (tomografía axial computarizada) de última generación.
A sus 55 años eternos, ya no tenía cura, es evidente, pero guardaba algunos secretos. Los médicos del hospital recibieron a su antiguo colega con respeto y curiosidad. Gracias a la más avanzada máquina de diagnóstico por la imagen, la momia de Nespamedu se sometió al escrutinio de los rayos y el software capaz de despegar las capas de misterio y de tiempo que le acompañaron en el reino de los muertos. También fueron estudiadas con los mismos métodos no invasivos las momias de dos mujeres egipcias y un hombre guanche.

Ritos desconocidos

Los resultados son espectaculares, tal y como reconoce Carmen Pérez Die, egiptóloga del MAN, donde ayer se presentó el documental«La historia secreta de las momias: la momia dorada», producido por RTVE y dirigido por Regis Francisco López. Rodado entre Madrid, Luxor y El Cairo, es una notable obra de divulgación de este proyecto científico en el que han participado decenas de personas, médicos, egiptólogos, historiadores y forenses, y que ha sido capaz no solo de «resucitar» el rostro que Nespamedu tenía en el tiempo en que vivió, la era ptolemaica, sino algunos detalles sobre el proceso de embalsamamiento totalmente desconocidos hasta hoy.
Los doctores han encontrado muchas pistas sobre del historial médico y nutricional de las momias, al estudiar los huesos y los dientes que, por ejemplo, registraban abrasiones debidas seguramente a una dieta en la que era frecuente encontrar arena en las verduras y frutas, entre otros motivos.
En cuanto al estudio cultural de la momia, Carmen Pérez Die explica que desde el primer momento detectaron en el escáner unos objetos en la frente y el cuello que resultaron ser amuletos, adheridos a la primera capa del vendaje, muy cerca de la piel.

70 días de momificación

El proceso de momificación más «lujoso», solo al alcance de los poderosos, como era Nespamedu, duraba 70 días y comenzaba con el vaciado de las vísceras que se embalsamaban en los vasos canopos y el largo tratamiento del cadáver, durante 40 días en natrón, la sal mineral que deshidrataba los tejidos. Después era envuelto con resinas y aceites aromáticos. En el final del proceso y en algunos momentos importantes, el sacerdote se ponía la máscara de Anubis. Al cumplirse el día 70, la momia se introducía en el ataúd.
Los médicos de la clínica Quirónsalud tuvieron que esforzarse para contrastar unas débiles imágenes en las que se apreciaban unas manchas que luego fueron los amuletos hallados en el cuerpo de Nespamedu. Casi no se apreciaban porque son de cartón y parecen realizados por el mismo artesano que decoró los cartonajes dorados del exterior de la momia. Hasta los dibujos coinciden. Se trata de una diadema que representa el escarabeo alado, Jepri, símbolo de eternidad. También un collar «Usej», pulseras y brazaletes como símbolos de poder. Y sandalias, para caminar por la eternidad.
De los 15 amuletos, dos estában en las piernas y el resto rodeando el cuerpo. Son dos «Udjat», ojos de Horus, y también dos juegos de sus cuatro hijos: Amset (humano), Hapi (babuino), Duamutef (chacal) y Kebeshenuef (halcón), que son los guardianes de las vísceras embalsamadas en los vasos canopos. Se suman los amuletos que representan a Isis y Neftis, las plañideras, esposa y hermana de Osiris. Y para terminar la colección, Thot, el dios sanador del ojo de Horus y escriba y medidor del tiempo.

La eternidad

El cuerpo del faraón representaba a Egipto, sus dolencias tenían consecuencias en el reino. Nespamedu estudió largos años en el Asclepeión de Sakkara antes de convertirse en el médico del monarca. Y cuando murió, soñando con lograr la eternidad, fue embalsamado en ese rito que duraba 70 días. Durante siglos, la eternidad no era más que ese sueño para él. Pero ahora, gracias a la investigación del escáner y la publicación de los resultados, su historia ha sido completada, sus últimos secretos desvelados.
La eternidad conoce tu nombre, Nespamedu, era esto.

Descubren un cementerio de sacerdotes del siglo IV a.C. en el valle del Nilo

Un antiguo cementerio de la última época faraónica (664-332 a.C.) y principios de la era ptolemaica (310-30 a.C.) ha sido descubierto en la zona de Tuna al Gabal, en la provincia de Minia, a unos 250 kilómetros al sur de El Cairo, según ha anunciado el Ministerio de Antigüedades egipcio.
El cementerio incluye un «gran número» de huecos en los que se enterraba a los muertos sin ser señalizados para despistar a los saqueadores y se encuentra en el sitio de Al Garifa, ubicado a seis kilómetros al sur de la zona arqueológica de Tuna al Gabal.
Una misión arqueológica egipcia empezó a excavar en el cementerio en 2017 para descubrir la sección dedicada a la antigua provincia 15 del Alto Egipto, cuya capital era la localidad de Al Ashmunein.Esa provincia estaba dedicada al dios Tot y, de hecho, parte de las tumbas y de los enseres encontrados en ellas pertenecen a sacerdotes de esta divinidad faraónica, que tenía cabeza de pájaro y que los griegos posteriormente denominaron Hermes.

Los expertos han identificado una de las tumbas como la de un alto sacerdote llamado Hersa-Essei, y en su interiorhay 13 sepulcros, en los que fueron encontradas muchas estatuillas de ushabti, artefactos de pequeña dimensión que acompañaban al difunto y debían servir como sus súbditos en el más allá.
Un total de 1.000 figuras están en muy buen estado, mientras que el resto están rotas y van a ser reconstruidas, detalló en una nota el ministerio.
Además, fueron encontrados cuatro vasos canopes de alabastro con la cara de los hijos del dios Horus, que están muy bien conservados y todavía contienen los órganos momificados del difunto.
En las vasijas está inscrito el nombre de otro clérigo de alto rango, Djehuty-Irdy-Es, cuya momia también ha sido recuperada y está adornada con un collar de bronce, abalorios azules y rojos, de marfil y de cristal, y cuatro amuletos de piedras semipreciosas.
En el cementerio también fueron encontrados 40 sarcófagos de barro de diferentes tamaños y formas, con los nombres y cargos de sus propietarios, además de una tumba familiar con grandes sarcófagos y figuritas ushabti con el nombre de los sacerdotes que se encuentran sepultados en este lugar.
En Minia hay destacados sitios arqueológicos, como el de Hermopolis, ciudad dedicada a Tot, o Tel al Amarna, donde estableció su capital el faraón Akenatón, que impuso por primera vez un credo monoteísta durante la XVIII dinastía (1.570-1.293 a.C.).

Los secretos de la momificación egipcia


CÉSAR CERVERA@C_Cervera_MLos secretos de la momificación egipcia, el mineral «mágico» que evitaba que la carne se pudriera

Si con el Imperio Nuevo se alcanzó casi la perfección, a partir de la Dinastía XXI la técnica de momificación entró en decadencia. La costumbre de maquillar a las momias fue lo primero que se abandonó, seguido de la introducción de las vísceras en los vasos canopos

Los egipcios creían esencial conservar intacto el cuerpo del difunto para que, en el Más Allá, pudiera disfrutar de la vida con los dioses. La momificación y la sepultura en estructuras monumentales formaban parte de este proceso, cuya esencia científica era el empleo de natrón para deshidratar la carne antes de colocar las vendas. Los antiguos egipcios demostraron con sus técnicas que sabían bien lo que se traían entre manos y lograron, aunque no como habían imaginado, que muchos faraones vivieran miles de años tras su muerte.
Los egipcios creían que una vez la persona fallecía se iniciaba un proceso por el cual el individuo era separado de los elementos que lo constituían como ser humano: el nombre, la sombra, el cuerpo, el ka (el espíritu) y el ba (la personalidad). Para evitar que estas «energías» se dispersaran sin remedio, era necesario realizar una serie de rituales funerarios que giraban en torno al proceso de momificación.
Lo primero era salvar el cuerpo, de modo que se interrumpiera la descomposición. Durante el Imperio Nuevo se estableció la perfección en estos rituales e incluso se unificaron los pasos. En el caso del faraón lo primero era lavar su cuerpo en el seh-netjer, la «cabina divina», y luego trasladarlo al per nefer.
En este taller de embalsamadores se extraía el cerebro a través de un orificio en el hueso etmoides de la nariz, si bien hasta el periodo del Imperio Antiguo los embalsamadores dejaban este órgano en el cráneo. Los antiguos egipcios daban una importancia mínima al cerebro, considerando que era en el corazón donde estaba la inteligencia y la razón.
El proceso de evisceración continuaba, bajo la orquesta del «Jefe de los Secretos», un sacerdote enfundado en una máscara del dios Anubis, con una incisión lateral en el abdomen del cadáver. Desde este punto se extraían los intestinos, el estómago y el hígado. Luego se realizaba un corte en el diafragma por el que se sacaban los pulmones. Al final del proceso solo el corazón, sede de la sabiduría, permanecía en su sitio. El resto de órganos, una vez eran deshidratados, se introducía por separado en recipientes que recibían distintos nombres.

El natrón, la sustancia mágica

Tras la evisceración se procedía a otro lavado del cuerpo, esta vez con agua y vino de palma. Aquí se fundamentaba la clave para que la momificación tuviera éxito: el uso de natrón para absorber la humedad. Esta «sal divina» era muy abundante en la zona de Uadi, en Egipto, y permitía a los egipcios conservar la carne bajo el mismo principio del proceso de «salazón» del pescado. Sin líquido, sin bacterias... la putrefacción se detenía. La momia era completamente cubierta con la sal durante entre 40 y 70 días.
Una vez se había convertido en carne sin líquido se rellenaban los orificios auditivos y nasales, al tiempo que se embellecía la momia con pelucas, adornos y joyas. Un dato curioso es que habitualmente se moldeaban los genitales de ambos sexos. El resto del proceso estético pasaba por verter resina líquida, con el objeto de impermeabilizar el cadáver; y aromatizarlo con aceites.
Reconstrucción del rostro de Nespamedu, momia del MAN, por el forense Juan Villa
Herodoto, que visitó Egipto en el año 500 a.C., se sintió fascinado por la momificación egipcia, pero señaló que para las clases pobres el proceso era mucho más básico: «Se limpiaban los intestinos con una lavativa y se ponía natrón en el cadáver durante 60 días, hecho lo cual es entregado a los deudos que vayan a recogerlo».
La última fase era vendar el cuerpo desde la cabeza hasta los pies, deteniéndose en los dedos de la mano de forma meticulosa. El entierro, que contaba con tantas fases como el propio embalsamamiento, vivía su momento más trascendental con el ritual de la apertura de la boca, los oídos y la nariz para devolver los sentidos al faraón. Así podría alimentarse y respirar en el Más Allá.
Si con el Imperio Nuevo se alcanzó casi la perfección, a partir de la Dinastía XXI la técnica de momificación entró en decadencia. La costumbre de maquillar a las momias fue lo primero que se abandonó, seguido de la introducción de las vísceras en los vasos canopos y del minucioso vendado. Al contrario, se empezaron a situar encima de los muslos las vísceras.
La llegada de una dinastía procedente de Macedonia al trono, los ptolomeos, unidos a la influencia griega y luego romana sumieron en un progresivo declive a la religión de los antiguos egipcios. A medida que el antiguo reino se debilitaba, los templos oficiales cayeron en decadencia, y sin su influencia centralizante la práctica religiosa se volvió fragmentada y local. Al tiempo que se propagaba el cristianismo por Egipto, en el tercer y cuarto siglo d. C., la religión milenaria y sus costumbres fueron desvaneciéndose hasta morir.


14.1.17

JORGE HUGO: IN MEMORIAM

JORGE HUGO: IN MEMORIAM


          En Luxor en 2010, de derecha a izquierda: Jorge Hugo, Pilar Mederos y Francisco Verdú.


            Nuestro querido Jorge Hugo ha partido con Osiris, como él mismo me dijo el domingo pasado.
            Jorge ha sido ante todo amigo de sus amigos, por eso ha estado rodeado de ellos hasta el final. Y siempre estará en nuestros corazones.
            Conocí a Jorge a través de la Escuela de Filosofía Ítaca en Valencia hace ya algunos años. Cuando me lo presentaron me dijeron mis amigos de la Escuela y especialmente D. Atiliano: ¡Mira, el también es un apasionado de Egipto!, ¡Y hace réplicas de figuras egipcias antiguas!. Jorge hizo amistad con facilidad conmigo y con mi compañera Pilar. A raíz de ese encuentro en Ítaca, nuestra amistad fue creciendo hasta el punto de ir varias veces a Egipto.
            Jorge estaba fascinado por el arte y la cultura egipcia. Aún recuerdo las horas  que él y Pilar tuvieron que aguantar a pleno sol en Egipto mientras yo hacía fotos sin parar a restos arqueológicos de zonas muy poco exploradas y expuestas al saqueo.
            Viajamos a Egipto por nuestra cuenta y con nuestro amigo Alí de la actual agencia de viajes Nepher en Valencia, como se puede ver en las fotos de este blog tan maravillosamente llevado por nuestro amigo Pedro Mancebo de Zaragoza a quien Jorge apreciaba muchísimo y con quien estaba bastante en contacto por teléfono. Los amigos y amigas que vinieron al viaje en grupo que a parece en el blog sentiremos no poder tenerle en algún posible futuro viaje a Egipto.
            Pilar y yo mismo en otras ocasiones nos recorrimos gran parte de Egipto con Jorge en coche con Mohamed y Yasser y visitamos lugares extraordinarios, como la no hacia mucho abierta tumba de la familia de Akhenaton a la que entramos solos ya que Jorge conocía al guarda de sus viajes anteriores. Por lo que pudimos constatar que los egipcios lo apreciaban y querían muchísimo. También subimos con él en un globo donde hicimos fotos increíbles de los monumentos egipcios desde el aire.
            Lo que Jorge parece que valoraba mucho de Egipto era tanto su arte como al pueblo egipcio, pues de hecho siempre le encantó estar con la gente humilde en sus casas y embeberse de su ancestral cultura aún presente en la genética y en el alma de sus gentes, aunque predomine la cultura islámica. En Alkalili, en Jordi, compraba réplicas arqueológicas y disfrutaba del arte objetivo egipcio.
            En las salidas tanto diurnas como nocturnas no mirábamos el tiempo. Jorge siempre estaba dispuesto a salir y disfrutar de tan enigmático país.
            Pilar y yo le echamos y le echaremos muchísimo de menos, pero si volvemos a este maravilloso país le llevaremos siempre en el corazón.



                                                               Francisco Tomás Verdú Vicente


                                                                        Valencia 11-1-2017

EL TESORO DE TUTANKAMON

Tomado del blog de Araceli Rego, de lo humano a lo divino: http://araceliregolodos.blogspot.com.es/2015/11/el-tesoro-de-tutankamonla-vida-del-rey.html?m=1

sábado, 14 de enero de 2017
EL TESORO DE TUTANKAMON




Nunca hubiéramos soñado algo así: una habitación (parecía un museo) repleta de objetos, algunos de ellos familiares, pero otros como jamás habíamos visto, amontonados unos sobre otros en una profusión aparentemente interminable.




El egiptólogo británico Howard Carter resumía de este modo la impresión que tuvo al pasear la mirada por primera vez por las atestadas cámaras de la tumba del faraón Tutankhamón, en noviembre de 1922.



Era la primera vez que alguien contemplaba un ajuar funerario completo del Egipto faraónico, que no había sido víctima de los saqueadores y ladrones de la Antigüedad. Por ello, el hallazgo no sólo ponía al descubierto un «tesoro» artístico único, sino que también constituía una oportunidad incomparable de estudiar y comprender el significado que el enterramiento y la vida en el Más Allá tenían para los antiguos egipcios.



Ya desde la Prehistoria, los egipcios enterraban el cuerpo del difunto junto a objetos que se consideraban necesarios para la supervivencia en la otra vida: cuencos de cerámica (probablemente con restos de comida), algún elemento ornamental y utensilios como cuchillos o paletas. Pronto las tumbas de personajes de alto rango se distinguieron por la calidad de sus ajuares y por poseer una estructura más compleja.




Al mismo tiempo, a medida que se desarrollaba el pensamiento religioso, empezaron a aparecer objetos relacionados con las divinidades y con la protección en la otra vida, como amuletos y estatuillas de dioses. Su finalidad era proteger al difunto de los peligros a los que debía enfrentarse en el Más Allá y permitir, así, que pudiera sobrevivir eternamente. «Que viva tu ka, y puedas pasar millones de años, tú, amante de Tebas, sentado con la cara mirando al viento del Norte y con los ojos mirando la felicidad», se lee en la inscripción de una copa de alabastro hallada en la tumba de Tutankhamón.



Para los antiguos egipcios el cuerpo se componía de diversos elementos, entre ellos el ka, una suerte de doble del difunto que le acompañaba en la vida terrena y que debía ser alimentado en la otra vida. Su desaparición provocaría la aniquilación del difunto, por lo que las ofrendas alimentarias y parte del ajuar funerario estaban destinados a la conservación del ka. Todo ello se reflejaba fielmente en la tumba de Tutankhamón. Así, al entrar en la Antecámara Carter halló dos estatuas que le llamaron desde el primer momento la atención: «Dos figuras negras de tamaño natural de un rey, una frente a la otra como centinelas, con faldellín y sandalias de oro, armados con un mazo y un báculo y llevando sobre la frente la cobra sagrada como protección». Una de estas estatuas representaba, precisamente, el ka de Tutankhamón.


Otras piezas, por su parte, evocaban la condición divina del faraón. Considerado en vida como la encarnación del dios Horus, a su muerte se convertía en Osiris, el dios del mundo de los muertos, un tema que aparece evocado en las pinturas murales de la tumba de Tutankhamón.
También se localizaron numerosas representaciones de divinidades en forma de estatuas y como complementos decorativos en algunos muebles, como las camas destinadas a la regeneración de la momia del faraón. Otras piezas del ajuar, particularmente abundantes, consistían en amuletos que el faraón lucía como joyas. Su función consistía en proteger al rey de los peligros que lo acechaban durante el viaje nocturno que realizaba cada noche en la barca de Re, el dios del sol, del que el faraón se consideraba hijo.



Otro elemento que no podía faltar en el ajuar funerario eran los ushebtis, figurillas que representaban a los criados mágicos que seguían sirviendo al faraón tras su fallecimiento para hacer sus tareas cotidianas. Cumplían la misma función que otros utensilios que los faraones consideraban necesarios para poder vivir de manera relajada en los Campos de Iaru, el paraíso para los egipcios, pues, según su concepciones religiosas, el faraón, tras su muerte, debía seguir atendiendo a sus necesidades básicas.




Una necesidad importante era la del vestido; de ahí la presencia en la tumba de Tutankhamón de numerosas prendas de lino, como túnicas, camisas, faldas, taparrabos o guantes. «En algunos casos –escribió Carter– la ropa es tan fuerte que parece recién salida del telar; en otros, la humedad la ha reducido a la consistencia del hollín». Para beber, el faraón disponía de ánforas de vino, cada una con la etiqueta que indicaba la cosecha, la clase, el viñedo e incluso el nombre del cosechero. En cuanto a la comida, Tutankhamón disponía de alimentos básicos –pan, ajos, cebollas y legumbres–, e incluso platos preparados y guardados en recipientes que contenían patos o carnes.
Había otro grupo de piezas del ajuar funerario de Tutankhamón que lo relacionaban con su condición de faraón. Precisamente, el hecho de que su tumba fuera, en tiempos de Carter, la única sepultura real que se había hallado intacta permitió a los arqueólogos localizar algunos ejemplos de insignias reales que hasta ese momento sólo se conocían por representaciones escultóricas o pictóricas.





En la tumba de Tutankhamón se hallaron varios cetros heka (cayado) y nejej (flagelo), símbolos de la autoridad real y asociados al dios Osiris.



En la momia del faraón se recuperó una diadema de oro y restos de «un tejido parecido a la batista», que podría ser un vestigio del khat, tocado de la realeza que recoge el cabello como si fuera una bolsa de tela, y que llevaba cosidos un ureo (cobra) y un buitre.





Un objeto importante que señalaba la función como soberano de Tutankhamón era el trono. Carter lo consideraba «otro de los grandes tesoros artísticos de la tumba, tal vez el mayor que hemos sacado hasta ahora: un trono recubierto de oro de arriba abajo y ricamente adornado con vidrio, fayenza y piedras incrustadas». En el Antiguo Egipto, las sillas eran un símbolo de autoridad y prestigio, y el trono era un ejemplo. Realizado en madera con un revestimiento de oro, el respaldo presentaba una escena íntima, en la que aparecía Tutankhamón sentado en un trono con su mujer, Ankhesenamón, ante él. La escena estaba presidida por el disco solar, el dios Atón, que con sus rayos otorgaba la vida a la familia real. Ankhesenamón aparece aplicando perfumes al cuerpo del faraón, en una escena íntima y cotidiana.
Como una de las obligaciones del faraón era la defensa del país, es normal que entre los objetos de su tumba se encuentre un gran número de armas, tanto defensivas (como escudos o corazas) como ofensivas. «Se veía que habían sido colocadas en la tumba con Tutankhamón para asistir a Su Majestad en el combate con los enemigos que intenten retrasar su avance desde este mundo hasta el venidero», observó el Daily Telegraph.


Cabe destacar las espadas de bronce curvadas o jepesh, así como los puñales. Uno de ellos constituye una rareza, dado que la hoja estaba realizada con hierro, mineral poco conocido en Egipto. En toda la tumba había gran profusión de arcos, tanto simples como compuestos; las medidas nos indican que algunos de ellos fueron usados por el faraón cuando era aún un niño.



Un hecho que sorprendió a los arqueólogos fue que algunos de los objetos descubiertos no pertenecieron originariamente a Tutankhamón. De hecho, la mayor parte de las joyas halladas en la tumba se habían fabricado en época de sus padres e incluso de sus abuelos, y Tutankhamón se había limitado a cambiar las inscripciones que indicaban el propietario.




Por ejemplo, un pectoral guardado en un caja lleva un cartucho demasiado largo para el nombre de Tutankhamón, por lo que se deduce que el nombre que llevaba inscrito en un primer momento era el de Akhenatón, su padre. También había objetos de otros miembros de la familia de Tutankhamón que éste reutilizó. Howard Carter los denominó «reliquias»: «Entre los objetos puramente rituales pertenecientes al enterramiento hallamos reliquias familiares simples que deben evocar recuerdos muy humanos».




Dentro de esta categoría se inscriben, por ejemplo, los brazaletes de fayenza localizados en el anexo, que llevaban los nombres de Akhenatón y Nefertiti. También se encontraron unas paletas de marfil con el nombre de sus hermanastras, Meketatón y Meritatón. Pero quizás el más sorprendente, por su sencillez y probablemente por el cariño con el que lo guardó el propio faraón, apareció en el interior de un pequeño ataúd encerrado dentro de otros tres ataúdes: un mechón de cabello de la reina Tiy, abuela de Tutankhamón.





Son las sorprendentes conclusiones a las que ha llegado un equipo de especialistas dirigido por el egiptólogo británico Chris Naunton...
La prematura muerte del faraón Tutankhamón pudo haberse producido por un accidente de carro y, por otro lado, hay razones de peso para creer que su cuerpo sufrió una combustión espontánea en el interior del ataúd poco después de su muerte y tras un proceso de embalsamamiento que resultó una chapuza.




Éstas son las sorprendentes conclusiones a las que ha llegado el egiptólogo Chris Naunton, director de la Egypt Exploration Society, y un equipo formado por diferentes científicos y especialistas. La investigación sobre la vida y muerte del joven faraón se anunció a través de un documental (Tutankhamón: el misterio de la momia quemada) que se emitió en una cadena británica.
La muerte de Tutankhamón ha estado envuelta en el misterio desde el descubrimiento de su tumba por parte del egiptólogo británico Howard Carter, en 1922. Chris Naunton, con la esperanza de arrojar algo de luz, examinó con detalle miles de notas pertenecientes a los archivos de excavación de Howard Carter, quien visitó Egipto por primera vez en 1891, en calidad de artista de la EES. Naunton se ha servido de este valioso material y ha viajado a Egipto para filmar el documental en el Museo Egipcio de El Cairo, en la tumba de Tutankhamón en el Valle de los Reyes y en otros lugares del país de las pirámides. Howard Carter probablemente sigue sin ser debidamente valorado como arqueólogo, sus logros han sido ensombrecidos por el esplendor del tesoro de Tutankhamón. Sus registros de la excavación y del material, realizados bajo presión, fueron increíblemente buenos y sus notas están llenas de observaciones y sugerencias intrigantes, muchas de las cuales no han sido tenidas en cuenta, explica Naunton.
El cuerpo momificado del faraón presenta importantes lesiones en la parte inferior izquierda, además de costillas rotas y la pelvis destrozada. Los investigadores, tras realizar una autopsia virtual del cadáver, consideran que el faraón pudo haber sido arrollado por un carro de combate, pues las lesiones son similares a las que puede sufrir una persona en un accidente de circulación. Un proceso de embalsamamiento chapucero -como lo han calificado los investigadores- pudo dañar el corazón del difunto, de ahí que no se haya conservado este órgano, un hecho inusual en la momificación del Antiguo Egipto. Los análisis químicos han demostrado que la momia sufrió una combustión espontánea mientras yacía en el interior del ataúd, provocada por una reacción química de los aceites de embalsamamiento.

Horóscopo de Denderah (El ojo de Horus cap7, 5ª parte)

Tombs and temples of the Pharoahs, 1920s de Travelfilmarchive

Egypt 1920s de travelfilmarchive

El cristianismo es un mito egipcio

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